¿Clonazepam para dormir y antidepresivos para estar feliz? Los mitos sobre los psicofármacos que pueden ser peligrosos
El psiquiatra Carlos Coronel explicó qué hacen realmente, cuestionó el uso liviano de términos como “antidepresivos” y advirtió sobre los riesgos de tomar medicamentos por cuenta propia o prolongar tratamientos sin seguimiento médico.

El nombre de un medicamento puede generar miedo, rechazo o, en el extremo contrario, una confianza excesiva. “Antidepresivos”, “clonazepam”, “pastillas para dormir” o “ansiolíticos” forman parte del vocabulario cotidiano de muchas personas, pero no siempre existe una comprensión clara de qué hacen realmente estos fármacos en el cerebro.
Sobre ese terreno de mitos y temores habló el doctor Carlos Coronel, psiquiatra, durante una nueva visita a La Mañana de Info, donde volvió a abordar cuestiones vinculadas con la salud mental. En esta oportunidad, puso la lupa sobre los tratamientos psicofarmacológicos y planteó la necesidad de abandonar dos extremos igualmente peligrosos: demonizar las medicaciones o utilizarlas como una solución rápida para cualquier malestar.

¿Qué es exactamente un psicofármaco?
Coronel explicó que un psicofármaco es, básicamente, una molécula capaz de actuar sobre el cerebro y modificar o regular determinadas funciones.
A partir de allí, señaló que existen distintos grupos de medicamentos utilizados en psiquiatría, entre ellos los estabilizadores del ánimo, los fármacos que habitualmente se denominan antidepresivos, los antipsicóticos y las benzodiacepinas.
Pero para el especialista, algunos de esos nombres pueden resultar poco precisos y terminar simplificando demasiado lo que ocurre en el organismo.
En particular, cuestionó la denominación “antidepresivos”, porque el efecto antidepresivo sería solamente una parte de lo que estos medicamentos pueden producir.
“Son moduladores de la regulación emocional”, explicó el psiquiatra, al referirse a los medicamentos que actúan sobre determinados sistemas de neurotransmisión, como los relacionados con la serotonina y la noradrenalina.
La explicación apunta a una idea central: no se trata simplemente de tomar una pastilla para “sacar la tristeza”, sino de intervenir sobre mecanismos vinculados con la regulación de las respuestas emocionales.
“Somos seres emocionales que después razonamos”
Durante la entrevista surgió también una definición que permitió entender desde otra perspectiva por qué la regulación emocional ocupa un lugar tan importante en algunos tratamientos.
Ante la idea de si los seres humanos son racionales que sienten, Coronel planteó el concepto inverso: somos seres que primero sentimos y luego estructuramos cogniciones.
Según explicó, frente a una situación determinada aparece inicialmente una respuesta emocional y posteriormente intervienen procesos cognitivos que permiten interpretarla y elaborar una respuesta.
Con entrenamiento y determinadas herramientas adquiridas durante la vida, esos procesos pueden hacerse más rápidos y complejos. Sin embargo, para el psiquiatra, la dimensión emocional continúa teniendo un papel central.
La explicación también sirve para comprender por qué algunos trastornos de salud mental no pueden reducirse simplemente a “ponerle voluntad” o “pensar positivo”.
Depresión y estrés crónico: por qué Coronel dice que no es solamente “algo mental”
Uno de los puntos más fuertes de la entrevista apareció cuando el psiquiatra habló de depresión y ansiedad.
Coronel vinculó estos padecimientos con procesos de estrés crónico y explicó que la exposición prolongada a exigencias externas e internas puede generar modificaciones hormonales, inmunológicas y cerebrales.

En ese contexto, la vulnerabilidad individual también tendría un papel importante. Una persona con determinada predisposición genética puede tener mayor riesgo de desarrollar un episodio depresivo cuando atraviesa períodos prolongados de estrés y desgaste.
Por eso, el especialista fue contundente al plantear que la depresión no debería entenderse únicamente como un problema “mental”.
Según su explicación, los cambios que atraviesa el organismo hacen que estos padecimientos también tengan una dimensión física y corporal.
En ese marco, los psicofármacos pueden formar parte de una estrategia destinada a recuperar mecanismos de regulación y acercar nuevamente al organismo a un estado de mayor equilibrio.
Clonazepam, diazepam y las famosas “pastillas para dormir”: el riesgo de tomarlas como si fueran inocuas
La conversación llegó entonces a uno de los temas más reconocibles para muchas personas: las benzodiacepinas.
Dentro de este grupo se encuentran medicamentos conocidos como clonazepam, diazepam y bromazepam, entre otros.

Coronel remarcó que estos fármacos tienen un potencial importante de abuso y pueden generar tolerancia y dependencia, aunque en diferentes grados e intensidades según el medicamento y la situación de cada paciente.
Ahí apareció uno de los ejemplos más cotidianos: alguien que no puede dormir, consigue una pastilla de un familiar o conocido, comienza a tomarla y termina manteniendo el consumo durante años.
El psiquiatra contó casos de personas que comenzaron tomando una benzodiacepina por estrés o dificultades para dormir y luego descubrieron que ya no podían dejarla con facilidad.
El problema, explicó, no está solamente en comenzar un tratamiento, sino en perder el seguimiento profesional.
“Me sirve para dormir” no debería convertirse en una justificación para mantener indefinidamente un medicamento que requiere control médico.
El otro extremo: cuando el miedo a las pastillas también puede ser un problema
Pero Coronel también cuestionó el extremo contrario.
Así como puede ser riesgoso automedicarse o utilizar psicofármacos durante años sin seguimiento, también puede resultar problemático asumir que toda persona que atraviesa una depresión debería simplemente “poner voluntad” y salir adelante sin tratamiento.
El especialista explicó que durante un episodio depresivo importante pueden aparecer dificultades neurocognitivas y psicofísicas que afectan seriamente la capacidad de una persona para funcionar con normalidad.
En esos casos, reducir el problema a una cuestión de voluntad puede desconocer la magnitud del padecimiento.
Por eso, el desafío está lejos de ser simplemente estar “a favor” o “en contra” de las pastillas.
La discusión que planteó Coronel apunta a otra cuestión: qué medicamento se utiliza, para qué, durante cuánto tiempo, con qué seguimiento y dentro de qué estrategia terapéutica.
Psicofármacos: ni demonizarlos ni convertirlos en una solución rápida
La charla dejó una conclusión clara: los psicofármacos no deberían ser tratados como sustancias mágicas capaces de solucionar cualquier malestar, pero tampoco como medicamentos que necesariamente deben evitarse.
Para Coronel, comprender cómo funcionan permite salir de una discusión cargada de prejuicios y empezar a hablar de tratamientos de manera más seria.
En especial, las benzodiacepinas requieren atención por su potencial de tolerancia y dependencia, mientras que los tratamientos utilizados frente a cuadros depresivos o de ansiedad deben entenderse dentro de un abordaje profesional y personalizado.
La pregunta, entonces, no debería ser simplemente “¿las pastillas son buenas o malas?”, sino qué está ocurriendo con la persona que las necesita, cuál es el objetivo del tratamiento y qué seguimiento existe.
En un contexto donde cada vez se habla más de salud mental, depresión, ansiedad, insomnio y automedicación, poner esos interrogantes sobre la mesa también forma parte de combatir los viejos tabúes alrededor de la psiquiatría.



