A un mes de la muerte del Polaco: cómo sigue El Montecito y qué pasó con los canichones
A un mes de la muerte de Eduardo “El Polaco” Groh Riemersma, el refugio que construyó durante dos décadas atraviesa una etapa de reorganización. Cómo fueron estas semanas posteriores y el futuro del lugar que mantendrá por siempre su recuerdo.

Hay lugares que quedan vacíos cuando alguien muere. Y hay otros en los que la ausencia se siente en cada rincón. Hace un mes murió El Polaco, pero nació una leyenda.
En El Montecito de los Canichones, la ausencia del Polaco se nota de una manera difícil de explicar, porque Eduardo Groh Riemersma no era solamente quien había creado el refugio: durante años había sido quien resolvía, organizaba, conseguía alimento, atendía emergencias, conocía a los perros y sabía qué necesitaba cada uno.
Por eso, cuando murió el 27 de agosto, el problema no era solamente cómo despedirlo. Había algo mucho más urgente: cómo hacer funcionar un refugio con cientos de vidas dependiendo de él. Y durante las primeras semanas, la respuesta no fue sencilla.

El refugio quedó en pie, pero primero hubo que ordenar el caos
Los primeros días estuvieron atravesados por el dolor y también por la incertidumbre. El Montecito tenía una estructura formal, una comisión directiva y trabajadores que conocían desde hacía años el funcionamiento cotidiano, pero la muerte del Polaco dejó al descubierto cuánto de la organización dependía, en la práctica, de una sola persona.
A eso se sumaron diferencias entre distintos sectores vinculados al refugio. Hubo cruces, discusiones y un fuerte intercambio en redes sociales sobre quién debía intervenir en el predio, cómo debía continuar la institución y quiénes tenían que asumir determinadas responsabilidades.
En un momento en el que todos estaban atravesando el duelo, también había que tomar decisiones sobre más de mil animales.
La tensión fue real. Y llegó a preocupar a quienes veían desde afuera lo que estaba ocurriendo.
Pero finalmente llegó una reunión que cambió el escenario.

Integrantes de la comisión, amigos y personas que habían trabajado junto al Polaco se sentaron a hablar. Martín Cabral, Soledad Castelli, Florencia Carol y otros integrantes de la estructura del refugio acordaron dejar de lado las diferencias para concentrarse en lo urgente: que los canichones estuvieran bien.
“No podemos permitir que la obra de 20 años del Polaco se pierda”, había resumido Natalia Soria, integrante de la Comisión Directiva.
La frase terminó convirtiéndose, de alguna manera, en el punto de partida de esta nueva etapa.
Quién se ocupa de qué en El Montecito
Con el paso de las semanas, el funcionamiento comenzó a ordenarse y las responsabilidades fueron tomando forma.
Los empleados que ya trabajaban con el Polaco quedaron en un lugar fundamental. Son ellos quienes conocen las rutinas, los horarios, la alimentación, la medicación y las necesidades particulares de los animales. Fueron quienes, aun en medio del desconcierto, mantuvieron abierto el refugio y garantizaron que la vida cotidiana continuara.
También continuaron vinculados los veterinarios que ya trabajaban con Riemersma.

En la parte operativa, Martín Cabral y Soledad Castelli comenzaron a asumir tareas dentro del refugio. Cabral, amigo del Polaco y jefe de Guardavidas, había anunciado que ingresaría con autorización de la comisión para colaborar con el funcionamiento del predio y ayudar a que todo siguiera marchando.
La parte institucional quedó vinculada a la Comisión Directiva. Florencia Carol, secretaria de la Asociación Santiagueña El Montecito de los Canichones, asumió inicialmente la responsabilidad de centralizar la información institucional durante la transición y acompañar el proceso administrativo.

El manejo de los fondos, en tanto, quedó bajo la órbita de la Tesorería de la comisión.
Fue otro de los puntos delicados de estas semanas. Las cuentas utilizadas por el refugio estaban vinculadas al Polaco y, tras su muerte, quedaron bloqueadas. Durante un período se pidió prudencia con las donaciones mientras se ordenaban los mecanismos institucionales para que los aportes pudieran ser recibidos y administrados correctamente.
Mientras tanto, el refugio siguió funcionando.
Porque una cosa era discutir quién debía ocupar cada lugar. Y otra, completamente distinta, era detener la comida, la limpieza, los tratamientos o los cuidados de los perros. Los animales no podían esperar.
Y quizás esa haya sido la primera gran lección de este mes sin el Polaco: la obra que había construido durante 20 años era demasiado grande para depender de una sola persona, pero también demasiado importante para quedar atrapada en una interna.
Un mes después, aparece algo que durante semanas parecía imposible: futuro
El Montecito todavía tiene enormes desafíos por delante. Pero ya no está solamente intentando sobrevivir a la ausencia de su fundador.
Está empezando a pensar en lo que viene.
La llegada de nuevos rescatados vuelve a estar entre los objetivos del refugio y, al mismo tiempo, comenzó una campaña de adopciones responsables para aquellos perros que están preparados para dejar el predio y conocer una familia.

No se trata de entregar perros a cualquier persona.
La nueva etapa contempla contratos y seguimiento de las adopciones, y se buscará especialmente una familia que sea compatible con las características y necesidades de cada animal.
Los primeros candidatos serán, entre otros, algunos de los perros más viejitos y aquellos que necesitan especialmente el contacto y la atención de una familia.
Es una transformación importante para El Montecito.
Durante años, la imagen del refugio estuvo asociada al rescate. Ahora aparece también con fuerza la posibilidad de que muchos de esos perros tengan una segunda parte de su historia lejos de las rejas y los caniles.
Y justamente ahí aparece una mujer que conoció muy bien al Polaco y que conoce todavía mejor a los canichones.
La llega de la mamá de los canichones desde Santa Fe
Agustina Volpato, la proteccionista a quien el mismo Pola bautizó como “la mamá de los canichones”, llegó desde Santa Fe para reencontrarse con los animales y volver a ocupar un lugar que durante años compartió con el Polaco.
El viaje no fue sencillo. Tampoco lo fue llegar al Montecito después de su muerte.
En diálogo con Info del Estero, Agu contó que atravesó el viaje desde Santa Fe con mucha emoción y que la llegada estuvo marcada por la tristeza de encontrarse con un lugar tan ligado a una persona que ya no está.
Pero si hubo algo que pudo más que la tristeza, fueron los perros.
Durante toda la semana se dedicó a asistirlos, cortarles el pelo, arreglarles las uñas y hacer lo que tantas veces había hecho junto al Polaco: ocuparse de ellos.
“Chapa y pintura”, como se decía entre quienes conocían esa tarea.
Agu es rescatista y peluquera canina, y su vínculo con el Polaco excedía ampliamente una colaboración ocasional. Compartieron durante años una misma manera de entender el rescate animal y una preocupación especial por esos perros que muchas veces nadie más quería.
Por eso, verla nuevamente en El Montecito tiene algo de despedida y algo de continuidad. "Ella está triste", decían algunos comentarios en las redes sociales, pero aún así llegó y se quedó.
Hasta este domingo seguirá acompañando a los canichones, ayudando en las tareas diarias y siendo parte de este momento de transición que atraviesa el refugio.
Quizás sea una de las formas más concretas de hablar del legado del Polaco: no decir que todo sigue igual, porque claramente no sigue igual.
El hombre que durante 20 años estuvo al frente ya no está. El refugio tuvo que atravesar una interna, ordenar sus responsabilidades y aprender a funcionar de otra manera, pero los perros siguen ahí. Los trabajadores siguen ahí. Los veterinarios siguen ahí. Los amigos siguen ahí.
Y ahora también están las familias que podrán abrir sus puertas para que algunos de esos canichones finalmente conozcan otra vida.
Un mes después de la muerte del Polaco, El Montecito todavía lo extraña.
Pero, poco a poco, empieza a hacer algo que probablemente él hubiese puesto el grito en el cielo al principio, pero hubiera entendido mejor que nadie después: seguir rescatando, seguir cuidando y seguir buscando un lugar donde cada perro pueda ser querido.




