Cuando una mujer habla de fútbol, ¿la escuchamos o le tomamos examen?
Cada vez más mujeres juegan, alientan y participan de las charlas futboleras. Pero entre los hombres todavía cuesta ceder la palabra y aceptar una opinión distinta. ¿Cuánto machismo queda en nuestras tribunas, sobremesas y programas deportivos?

POR EL TRIBUNERO… (pensaba que iba a descansar con la Feria del Libro)
Hoy no vengo con una encuesta para ver quién tiene más hinchas, qué club lleva más gente o a quién le toca aguantar las cargadas. Bastante complicados vienen los equipos de Santiago del Estero como para seguir echando sal en la herida. Esta vez les propongo cambiar el eje y mirar un poco cómo nos comportamos nosotros.
Se me ocurrió una pregunta que puede levantar temperatura. Ojo, no es que me guste el quilombo —bueno, una buena discusión futbolera nunca viene mal—, pero hay algo que me hace ruido: ¿el hincha de fútbol sigue siendo machista?
Durante mucho tiempo, a las mujeres se les reservó un lugar bastante injusto: acompañar, escuchar y, si preguntaban algo, soportar alguna gastada. Para jugar también tuvieron que hacerse espacio entre prejuicios. Por suerte, muchas cosas cambiaron. Hoy las vemos en la cancha, en las tribunas, haciendo periodismo y discutiendo una formación con la misma pasión que cualquiera de nosotros.
Sin embargo, tengo mis dudas de que ese cambio haya llegado por completo a nuestras charlas. A esas reuniones donde todos somos técnicos, árbitros y especialistas en el mercado de pases. Donde alguno recuerda un partido de hace veinte años y otro inventa una estadística con una seguridad que asusta.
Ahí, cuando una mujer mete un comentario, ¿qué hacemos?
En serio, muchachos, digan la verdad. Si su novia, pareja, hermana o amiga les señala que el equipo está partido, que el cinco llega tarde a todas o que el técnico se equivocó con los cambios, ¿escuchan el argumento? ¿O enseguida aparece el “qué vas a saber vos”?
Y hay otra reacción más disimulada: tomarle examen. Que nombre la formación, que diga quién hizo aquel gol, que explique el fuera de juego. Como si para entrar a la conversación tuviera que presentar un carnet que a nosotros nunca nos pidieron.
Porque entre los hombres también se escucha cada cosa… Y nadie nos exige un certificado de conocimientos antes de abrir la boca. Podemos confundir un jugador, olvidarnos de un resultado o pedir un cambio disparatado y seguimos siendo parte de la charla. ¿Por qué a una mujer un error le tiene que costar el derecho a opinar?
Tampoco hace falta que sepa todas las formaciones de memoria. Hay hinchas que viven el fútbol desde la táctica, otros desde la historia y otros desde esa pasión difícil de explicar que los lleva a abrazarse con un desconocido después de un gol. Ese lugar también les pertenece a ellas.
De mi parte, celebro que cada vez más mujeres se animen a discutir, a tirar una chicana y a defender lo que ven dentro de la cancha. Y discutirles una opinión también es parte de tomarlas en serio: podemos estar en desacuerdo, como con cualquier otro hincha. Lo que no vale es descalificarlas por ser mujeres.
A veces miro programas de televisión o de streaming y me da la impresión de que todavía cuesta aceptar esa participación. Interrupciones, comentarios sobradores o sorpresa porque una mujer hizo un buen análisis. Como si entender el juego fuera una rareza y hubiera que anunciarla.
El fútbol nos encanta porque siempre hay algo para discutir. Un penal, un cambio, una roja, un planteo. Sería bastante pobre que, con tantos temas sobre la mesa, el problema siguiera siendo quién los dice.
Así que hoy la pregunta va para nosotros: cuando una mujer nos discute de fútbol, ¿nos molesta su opinión o que tenga razón?




