*Por Florencia Navarro
Camila Juarez —la Cami— se mueve entre los tatuajes y el diseño gráfico. Vive en Santiago del Estero y se define como no binaria, además hace algunos meses, decidió realizarse una mastectomía. La cirugía, aclara, no fue un punto de partida sino la consecuencia lógica de un recorrido personal que comenzó mucho antes de que pudiera nombrarlo. En un dialogo intimó con Info del Estero, Cami nos contó sobre sus procesos, sus sentimientos, su relación con los demás y el deseo de ser “más feliz” eligiendo quien ser, sin tomarlo con demasiado dramatismo.

“Soy no binarie desde siempre; sabía cómo era yo, pero recién de grande pude ponerle un nombre”, explica. Durante la infancia y la adolescencia, esa sensación se traducía en una incomodidad difícil de precisar. “Nunca encajé del todo ni con las nenas ni con los nenes. Tenía un deseo más grande de ser parte de los grupos de varones, pero en realidad me identificaba con las dos cosas”.
Con el tiempo, entendió que su experiencia no pasaba por elegir entre un género u otro. “No es solo no pertenecer ni al femenino ni al masculino; es sentir que pertenezco a ambos, que voy fluctuando constantemente, no solo en la estética sino en mi personalidad y mi forma de ser”. Su presentación andrógina, asegura, fue siempre natural, una forma espontánea de habitar el cuerpo.

La decisión de realizarse la mastectomía llegó después de un proceso interno sostenido. “Fue una decisión muy marcada, pero todo lo anterior fue bastante natural, incluso desde el juego”, señala. Antes de operarse trabajó durante años en su vínculo con el cuerpo. “Me enfoqué mucho en no odiarme”. Reconoce que en algún momento experimentó disforia —el malestar por características físicas que no se alinean con la identidad—, pero aclara que al momento de la cirugía ya se sentía cómoda. “Entendía que tener pechos o no no afectaba mi identidad. Me operé desde el deseo, porque sabía que así mi cuerpo iba a gustarme más y yo iba a ser más feliz”.
Para Cami, el género no es un destino fijo sino un proceso. “Siento que es algo que uno va descubriendo durante toda su vida y que puede ir cambiando”. En ese marco, la operación fue una forma de coherencia entre lo que siente y lo que ve. “Fue como la culminación de algo que vengo haciendo toda la vida, aunque el proceso va a continuar”.
El impacto en su entorno no alteró el núcleo de sus vínculos, pero sí abrió conversaciones necesarias. “No sé si cambió la esencia de mis relaciones. Hemos tenido que hablarlo varias veces, pero la base no cambió”, sostiene. La clave, dice, fue la paciencia. “El otro no tiene idea de cuál es tu sentir. Para vos son cosas obvias porque las vivís todo el tiempo, pero para el otro no”. En ese intercambio hubo preguntas, dudas y también aceptación. “Quizás no lo entienden del todo, pero siempre hubo un intento de aceptar y apoyar”.

Sobre quienes están considerando iniciar una transición o realizar cambios en su cuerpo, su postura es clara. “Si está dentro de tus posibilidades y no te pone en peligro, hacelo”. Entiende que el miedo al arrepentimiento suele frenar decisiones, pero relativiza ese temor. “Casi ningún cambio es irreversible. Siempre es mejor seguir tu identidad y tu deseo, aunque después tengas que retroceder, que no hacerlo jamás”. También recomienda acompañamiento profesional durante el proceso.
En cuanto a la percepción social, Cami busca bajar el tono de la polémica. “No es para tanto, no es la gran cosa”, afirma sobre la identidad no binaria. Desde su mirada, el eje no debería estar en comprender cada definición sino en la disposición a escuchar. “Al final, ni es tan importante si entendés o no la identidad del otro. Lo importante es estar abierto a conocerlo y no cerrarte antes de saber cómo es”.

En relación con la intervención quirúrgica, Cami detalla con precisión en qué consistió el procedimiento. “Lo que yo me hice es una mastectomía, que básicamente es sacarte los pechos”, explica. En su caso, la decisión incluyó también la extracción de los pezones. “En general te los recortan y los vuelven a colocar; yo decidí sacármelos, así que no tengo nada”, señala. Aclara que no se trató solo de una extirpación: “A mí me hicieron como unos pectorales, no es que solamente me sacaron; no sé si cuenta como una masculinización también, es medio técnico eso”. La operación fue realizada en el ámbito privado, aunque el costo estuvo cubierto por su obra social en el marco de la Ley de Identidad de Género. “Yo no pagué nada, gestioné para que la obra social se hiciera cargo porque la ley contempla este tipo de cirugías”, afirma. El trámite, reconoce, fue engorroso. “Fue medio un tramiterío, pero lo pude hacer igual”. Cabe destacar que también existía la opción de hacerselo en el sistema público, aunque implicaba más tiempo de espera. “No quería esperar tanto; fue más rápido, no sé si más fácil”, resume.
Su historia no se presenta como una excepción ni como un caso aislado, sino como una experiencia personal que dialoga con discusiones actuales sobre identidad y cuerpo. En sus palabras, se trata de algo más simple: vivir de acuerdo con lo que se siente, aun cuando ese camino implique explicar, volver a explicar y sostener decisiones frente a miradas que todavía intentan comprender.
