La historia de Ángel Storniolo, el zapatero que resiste al paso del tiempo en Santiago
Ángel Storniolo
Con décadas de trabajo y una vida marcada por el esfuerzo, Ángel sigue al frente de su taller junto a su hijo y su nieto. Entre arreglos y recuerdos, defiende un oficio que busca no desaparecer.

En un pequeño local de calle Libertad que todavía guarda historias de oficio, Ángel Storniolo continúa trabajando como lo hizo toda su vida: con dedicación, paciencia y respeto por cada cliente que cruza la puerta de su zapatería. Hoy lo hace acompañado por su hijo Gustavo y su nieto, sosteniendo un legado familiar que se niega a desaparecer.

“Ha bajado un poco el trabajo, pero seguimos bien. El que tiene un buen calzado lo hace arreglar, y eso nos mantiene. Estoy muy agradecido a Dios”, contó Ángel en diálogo con “La Mañana de Info”, transmitiendo la tranquilidad de quien aprendió a valorar cada jornada. Según explica, gran parte de su clientela —cerca del 80%— llega desde el interior, buscando calidad y confianza.

Un oficio que también escucha historias

A lo largo de los años, Ángel no solo reparó zapatos. También escuchó historias, problemas y necesidades. “Nosotros trabajamos como zapateros, pero también como psicólogos”, dijo con una sonrisa.

Ángl junto a su hijo Gustavo

Muchas veces, cuando llega un calzado de baja calidad, busca la forma de ajustar el precio para que el cliente pueda resolver su problema. “Les explico, les muestro los materiales. Lo hacemos con buena mercadería y damos garantía. Perfectos no somos, pero hacemos lo mejor”, afirmó.

Su trayectoria comenzó junto a sus hermanos, con quienes tuvo distintos locales en la ciudad. Hoy, tras la pérdida de ellos, continúa el camino con su familia más cercana. “En la familia quedé solo… murieron mis hermanos. Pero ahora estoy con mis hijos y mi nieto, y gracias a Dios el taller da para todos”, relató.

Ángel guarda anécdotas de todo tipo. Clientes que olvidan su calzado durante años, otros que vuelven agradecidos. “El otro día una señora vino después de dos años a buscar una bota. Yo no vendo lo que me dejan, los escucho, porque a veces no pudieron volver”, contó, dejando ver el vínculo que construyó con quienes confían en su trabajo.

El golpe más duro llegó hace cuatro años, con la pérdida de su compañera de vida, tras 47 años juntos. “Esa fue la única desgracia grande. Pero tengo mi familia, un buen pasar y clientes que siempre vuelven. Ellos son mi mejor propaganda”.

Con mirada crítica, también observa cómo el oficio se va perdiendo. “Hay chicos que se van a Buenos Aires, trabajan en fábricas, pero muchos no son responsables. Este trabajo necesita compromiso”, sostuvo. Aunque intentó enseñar, no siempre tuvo buenas experiencias. Aun así, no pierde la esperanza: “Me gustaría enseñar para que esto no se apague”.

Entre su banco de trabajo, herramientas y su fe intacta, Ángel Storniolo sigue apostando a un oficio noble, de esos que no solo arreglan zapatos, sino que también acompañan historias de vida.

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