Ayer se han despertado todos los ángeles de los santiagueños. Salieron a la calle con el apellido Messi. Todos tenían —teníamos, me incluyo, cómo no— el apellido Messi. Donde te dabas vuelta estaba Messi, trepado a un banco de la plaza, corriendo a abrazarse con los amigos o con desconocidos, prendiendo cohetes, llevando un cochecito con otro Messi adentro. La ciudad, toda celeste y blanca. Me imagino que también todas las ciudades de la Argentina esta noche cálida de fines de julio. Todas son Messi.
Durante unos años vinimos palpitando este momento. Decían que era un sueño inalcanzable. Hubo unos que pedían que se retire victorioso después de ganarle a Francia hace cuatro años. Pero se quedó. Nos quedamos. Fuimos a jugar a un club sin pasado en un país sin historia futbolera. Rechazamos las multimillonarias ofertas de los clubes árabes para seguir en forma en una ignota liga norteamericana.
Ya en pleno campeonato aguantamos que nos dijeran que no le habíamos ganado a nadie. Después salieron con que la defensa hacía agua. Los Messi nos movíamos muy poco. Ah, no se olviden, también compramos a todos los réferis. Y de antemano nos ocupamos de cambiar las reglas del juego sólo para que los del VAR nos dieran la razón. Los terminamos guapeando a todos, a pura fuerza de carácter.
El señor del quiosco de la esquina, siempre con cara de culo, estaba sonriente, los changos y las chicas que llegaban en moto desde el fondo de los barrios también sonreían, todos con Messi en la espalda, arriba del número diez.
¿Mañana, pregunta? Bueno, mañana vamos a volver a la computadora, al tractor, a la pala, al portafolios. Y empezaremos a recordar dónde vimos el partido, con qué Messi estábamos, a qué hora nos dimos cuenta de que ya no importaba nada, si estábamos todos los Messi juntos gritando por lo mismo.
Nos hizo bien ser Messi, aunque fuera sólo por un ratito. Un brillo de luz en un mundo, en una Argentina cada vez más oscura. Hace un rato fuimos simplemente nosotros, cada uno con sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas, sin intermediarios. No hubo nadie para decirnos cómo nos debíamos sentir. Por un ratito nos olvidamos de las cuentas a pagar, de las obligaciones, del madrugón de otro lunes necesitando compostura.
Hoy millones de Messi volveremos a la rutina gris y fría. No importa, ayer tuvimos el corazón remendado, con fuerza, como para seguir tirando lo que resta de la jornada. Seremos Messi, Messi, Messi otra vez. Desde los lapachos hasta las Lomas Coloradas y más allá también.
—¿Cuál es su apellido?
—Messi.
—El mío también.
