Por Valeria Vazquez, corresponsal de Frías
Sembrar, cosechar, comercializar, construir comunidad e identidades, problematizar tensiones y configurar acuerdos son algunas de las tantas prácticas que invitan a reflexionar sobre la Madre Tierra, más allá de una noción meramente productiva. Este 1 de Agosto a través de la palabra de las huerteras y productoras, Nina Bravo y Ana Blanco, y las sociólogas, Claudia Coronel y Camila Rueda, nos adentramos a conocer qué sienten, piensan y hacen las mujeres trabajadoras del Departamento Choya y Guasayán en su diálogo cotidiano con la Pachamama.
Entre sus saberes prácticos y teóricos comparten cosmovisiones sobre el “buen vivir” y el cuidado de la Tierra desde una filosofía y una ética enmarcada en la defensa y promoción de los derechos humanos. Poniendo en valor el capital simbólico de los cuerpos, las relaciones sociales, las transmisiones de los conocimientos y las prácticas de producción y comercialización. A la vez, haciendo de los conflictos y las complejidades, terrenos que se nutren de las voces locales y de todos los agentes socios comunitarios e institucionales.
El territorio como trama de sentidos
Desde la década del noventa las políticas económicas del agronegocio vinieron a prometer de la mano de la “sojización” el progreso y la acumulación de los brotes verdes. En contrapartida, se habilitó el aniquilamiento de las semillas nativas y el modelo agroecológico; por consiguiente la rotación de cultivo, como de modo proteger el suelo y asegurar la soberanía alimentaria. Casi tres décadas después las prácticas extractivistas y la expansión de la frontera agrícola se multiplicaron; en paralelo, en otro ritmo y otra dirección creció la acción colectiva y la organización de las comunidades.
En tal sentido, la socióloga friense, Claudia Coronel, entiende que “frente a las crecientes desigualdades sociales, la respuesta comunitaria más potente es la economía social y solidaria y las redes de reciprocidad (…) que trasciendan la búsqueda de la ganancia individual, atendiendo a la reproducción ampliada de la vida, siguiendo el ejemplo de las organizaciones económicas populares, que vienen resolviendo la subsistencia de este modo, a través de experiencias de cooperativas y huertas comunitarias”.

Desde Las Esquinas –departamento La Paz, Catamarca- y Villa Guasayán –Departamento Guasayán, Santiago del Estero-, Ana y Nina, traen sus voces para decir que en sus comunidades las huertas se sostienen por el cuidado de cada familia, por la selección de cada semilla, por respetar las fechas del calendario y las lunas óptimas; pero por sobre todo porque los conocimientos se comparten, se multiplican y se enseñan generacionalmente y en colectividad. Aclaran que son pocos los hogares en los que comercializan lo que producen, más bien lo usan para su autosustento. El modo de producción familiar y social-comunitario es una de las huellas identitarias que dicen tender sobre sus mesas.
Estas huellas no remiten a ninguna esencia ancestral, ni nada tienen que ver con un pensamiento mágico de tinte ecologista. Tal como lo expresa la socióloga choyana, Camila Rueda, sostener y fortalecer la soberanía alimentaria implica: “Acompañar a las familias para que puedan mantener sus sistemas productivos accediendo al agua, a la tierra, a las semillas, a los conocimientos, y a los mercados justos”, ya que no se trata únicamente de que haya alimentos suficientes, “sino también que sean saludables, apropiados a la cultura y producidos con prácticas sociales y ambientales sostenibles”, especifica la trabajadora del INTA Frías.
Remarcan las mujeres productoras que si bien en las comunidades campesinas los saberes sobre la Madre Tierra se van transmitiendo de generación en generación el paso del tiempo les exigieron mayores técnicas de poda, siembra y organización vecinal. Es ahí en donde Nina al igual que Ana, destacan la valiosa presencia del INTA en el territorio. Recuerdan cómo han logrado perfeccionar los conocimientos, comprender la importancia de compartirlos y trascenderlos.

Se hace evidente que con la presencia del Estado mediante la implementación de programas y políticas públicas las brechas se acortan por un rato. Sin embargo, la doctoranda en Estudios Sociales y Políticos Regionales, Claudia Coronel, sostiene que “la organización comunitaria no debe ser un mero complemento de las políticas estatales, sino el actor central que dispute el sentido de la vida”. Asimismo evalúa que vital para el fortalecimiento de las comunidades “recuperar lo político para el cuerpo social”.
En la misma línea, la licenciada Rueda, sostiene que una cosa es acompañar en la planificación de los diseños de intervención socio comunitario y otra es determinar “modelos de desarrollo”, sin contextualizar ni conocer la radicalidad local y vecinal. Desde el INTA en conjunto con las comunidades campesinas diseñan estrategias que pretenden ser sostenibles en el tiempo, “reconociendo al territorio como una construcción colectiva donde la tierra, las personas, las instituciones y las culturas son parte del entramando de sentido”, desde la participación situada y activa.
La ética de cooperación y el cuidado común
Cuenta Nina que en Villa Guasayán hay un solo productor huertero que comercializa lo que produce, “le va muy bien, está organizado”, destaca. Mientras que el resto utiliza sus cosechas para el consumo familiar o el intercambio y el cuidado de las semillas criollas. “Conectar con la tierra nos acorta el tiempo solemos decir”, piensa en voz alta.
En tanto, Ana comenta que hay siete familias huerteras en Las Esquinas y que nadie se queda sin semillas porque las comparten, las cuidan. También se define como emprendedora de alimentos orgánicos “Los dulces encantos de la tierra”, ya que de lo que el monte le provee hace dulces y conservas.

Tras estas experiencias respetuosas Claudia Coronel sostiene que se pone de manifiesto “la ética del cuidado” colocando a la “sostenibilidad de la vida en el centro de la política” y destaca que esto es posible tras el trabajo de los ecofeminismos. Pensar en estos términos es hacer, pensar y sentir desde el respeto por los ciclos naturales, propagando el valor las sabidurías locales y ancestrales de cada comunidad.

Asimismo, Camila Rueda, reconoce el trabajo organizado de las mujeres rurales como pilar que sostiene las redes de cooperación y las prácticas del buen vivir. Además advierte que hace falta propagar el mensaje y las acciones que lleven al cuidado “de los bienes naturales, la regularización de la tenencia de las tierras, el fomento de la agricultura familiar, los espacios de organización y relaciones comunitarias”, entre otras.
Mientras, Claudia Coronel trae a Aníbal Quijano, para decir que “es vital ir hacia ‘otro horizonte de sentido histórico’ que ponga el control de la vida y el trabajo en manos de la autoridad colectiva y no del mercado”. Y desafía a surcar el camino hacia “la construcción del horizonte del Buen Vivir o Sumak Kawsay en quechua, o Suma Qamaña en lengua aymara”.
