Dar lugar a otros: ¿perder protagonismo o multiplicar posibilidades?

**Por Cecilia Inés Russso
La reunión estaba por comenzar. Había un proyecto importante que necesitaba alguien que lo coordinara y el equipo esperaba conocer cómo se organizarían para llevarlo adelante.
El líder conocía bien ese tipo de proyectos. Había coordinado varios, sabía anticipar las dificultades y tenía bastante claro por dónde empezar. Podía asumirlo y probablemente lo haría muy bien.
Pero mientras escuchaba las conversaciones previas a la reunión, recordó algo.
Una de las personas del equipo venía mostrando una capacidad especial para organizar el trabajo, convocar a otros y encontrar alternativas cuando aparecían dificultades. En más de una ocasión había aportado ideas valiosas y ayudado a que el equipo avanzara. Quizás estaba preparada para asumir un desafío mayor.
Cuando llegó el momento de definir quién coordinaría el proyecto, el líder estuvo a punto de ofrecerse, como tantas otras veces.
Pero esta vez se detuvo.
—¿Y si esta vez lo coordinás vos? —le preguntó.
La propuesta sorprendió a algunos. También a la persona convocada.
—¿Yo? Nunca coordiné algo así.
—Lo sé. Pero creo que tenés mucho para aportar. Podemos pensar juntos cómo acompañarte en este desafío.

La reunión continuó. Sin embargo, algo había comenzado a cambiar. El líder no había dejado de liderar. Había decidido abrir un espacio para que alguien más pudiera hacerlo.
Quienes ocupamos lugares de liderazgo solemos desarrollar capacidades que nos permiten conducir proyectos, resolver situaciones complejas, tomar decisiones y acompañar a nuestros equipos.
Con el tiempo adquirimos experiencia. Reconocemos patrones, anticipamos dificultades y sabemos cómo intervenir para que las cosas avancen. Este es, sin duda, un aporte muy valioso a la vida del equipo. Pero puede llegar un momento en el que aquello que sabemos hacer tan bien comience, sin que lo advirtamos, a ocupar espacios que otros podrían empezar a desarrollar. Porque ser capaces de hacer algo no significa necesariamente que tengamos que ser siempre quienes lo hacemos.
A veces seguimos coordinando porque tenemos experiencia. Tomamos la palabra porque sabemos cómo explicar una idea. Representamos al equipo porque conocemos a los interlocutores. Conducimos las reuniones porque estamos acostumbrados a hacerlo. Y no nos detenemos a preguntarnos quién más podría ocupar esos lugares.

No siempre se trata de una necesidad consciente de protagonismo. Muchas veces simplemente repetimos aquello que funciona. Sin embargo, los equipos crecen cuando aparecen oportunidades para que sus integrantes desarrollen nuevas capacidades, asuman desafíos y descubran posibilidades que todavía no habían explorado. Y para que eso ocurra, quienes lideramos también necesitamos aprender algo: dar lugar.
A primera vista parece algo sencillo, pero encierra un movimiento bastante profundo. Porque dar lugar no consiste solamente en distribuir tareas. Tampoco significa retirarnos o desentendernos de lo que sucede. Implica reconocer que otras personas pueden asumir espacios de iniciativa, coordinación, decisión e influencia. Y estar dispuestos a crear las condiciones para que puedan hacerlo.
A veces será necesario acompañar de cerca. Otras, ofrecer recursos, compartir experiencia o ayudar a pensar alternativas. En algunas situaciones tendremos que intervenir y en otras, aprender a esperar. Pero lo más desafiante no está necesariamente en lo que hacemos para acompañar al otro, sino en aquello que necesitamos revisar en nosotros mismos cuando elegimos dar lugar.

¿Qué nos sucede cuando alguien conduce una reunión de una manera diferente de la nuestra?
¿Cómo reaccionamos cuando una persona del equipo comienza a ser reconocida por capacidades que antes se asociaban principalmente con nosotros?
¿Qué sentimos cuando otros toman decisiones sin necesitarnos en cada paso?
¿Podemos alegrarnos genuinamente cuando alguien empieza a ocupar un lugar que durante mucho tiempo ocupamos nosotros?
Estas preguntas pueden incomodarnos. Pero si tenemos la valentía de detenernos en ellas y mirarnos con honestidad, quizás descubramos capacidades que ya hemos desarrollado y otras que todavía necesitamos seguir cultivando.
Porque nuestro modo de ejercer el liderazgo también puede convertirse en una manera de mirarnos y de mostrarnos ante los demás. Nos acostumbramos a ser quienes convocan, organizan, orientan, resuelven o tienen la última palabra. Y cuando otro comienza a desarrollar esas capacidades, puede aparecer una sensación difícil de reconocer: que nuestro lugar está cambiando.

Pero que otros crezcan no significa que nosotros perdamos valor. Muy por el contrario, puede ser una invitación a que nuestra manera de contribuir evolucione.
Pasar de ser quienes hacen posible cada movimiento a ser también quienes crean las condiciones para que otros puedan generarlos. De concentrar las iniciativas a favorecer que aparezcan nuevas voces. De ocupar el centro de muchas decisiones a construir espacios donde la responsabilidad pueda circular.
Este movimiento no ocurre solamente por buena voluntad. También requiere desarrollar capacidades. Necesitamos aprender a reconocer potencialidades que todavía no están completamente desplegadas. Distinguir cuándo alguien está preparado para asumir un desafío y cuándo necesita otras experiencias previas. Ofrecer oportunidades reales, con márgenes claros de decisión y recursos para sostenerlas.
También necesitamos revisar cómo acompañamos. Porque podemos invitar a alguien a liderar una iniciativa y después intervenir en cada decisión. Podemos darle un lugar y seguir ocupándolo con nuestras opiniones. Podemos pedirle que coordine y, sin advertirlo, continuar siendo nosotros quienes validamos cada paso frente al equipo. Entonces la oportunidad existe formalmente, pero el espacio todavía no está verdaderamente disponible.
Dar lugar también implica aprender a no ocupar aquello que estamos invitando a otros a ocupar.
Esto no significa que todas las personas deban asumir las mismas responsabilidades ni que todos deseen coordinar proyectos o conducir equipos. Las posibilidades de contribuir son diversas. Hay quienes lideran una iniciativa, quienes movilizan conversaciones, quienes ayudan a construir acuerdos o quienes abren caminos nuevos desde su conocimiento y experiencia. Lo importante es que el liderazgo no quede asociado exclusivamente a una persona ni a una única manera de ejercerlo.
Volvamos a lo que pasó después de aquella reunión.
El proyecto comienza a avanzar. La persona que asumió la coordinación propone una forma de organizar el trabajo diferente de la que el líder habría elegido.
El líder observa y escucha. Hay algunas decisiones que le generan dudas. Tiene sugerencias que podrían ayudar y experiencia suficiente para anticipar ciertas dificultades.

Podría intervenir y reorganizarlo todo. Pero antes de hacerlo, se pregunta qué necesita realmente esa persona para llevar adelante el desafío que asumió.
Entonces decide conversar. Genera un espacio tranquilo y confiable y le pregunta:
—¿Cómo estás viviendo esta coordinación? ¿Qué está funcionando? ¿Dónde necesitás apoyo?
Escucha las respuestas. Comparte algunas observaciones. Juntos identifican aspectos que conviene revisar. Y después permite que sea ella quien continúe conduciendo, haciéndole saber que cuenta con toda su confianza y apoyo.
Quiero que nos detengamos un momento aquí para reconocer que estamos frente a uno de los aprendizajes más importantes para quienes lideramos: comprender que nuestra contribución no siempre se mide por aquello que hacemos directamente, sino también por lo que ayudamos a que otros puedan hacer.
Porque cuando una persona descubre que puede asumir un desafío, no solamente desarrolla una nueva capacidad. También transforma su manera de verse a sí misma y de participar en el equipo. Y cuando esas experiencias comienzan a multiplicarse, cambia la vivencia colectiva. Las iniciativas ya no dependen siempre de una misma persona. Aparecen nuevas voces, nuevas maneras de resolver y nuevas posibilidades de construir juntos.
Dar lugar a otros es descubrir que el liderazgo puede expandirse cuando dejamos de necesitar que todo pase por nosotros.
Y que una de las contribuciones más valiosas de quien lidera sea, precisamente, ayudar a que otros también descubran su capacidad de hacerlo.

Cecilia Inés Russo
Master Coach Ontológico Profesional
Directora Aquí&Ahora Coaching y Consultoría




