Día de los muertos | "Darles un lugar en el hogar me trae paz": la tradición mexicana que encontró su lugar en el monte santiagueño
En las afueras de la ciudad Capital, Patricia Gómez prepara cada noviembre un altar inspirado en el Día de los Muertos de México. La médica santiagueña conoció esta celebración durante su luna de miel y quedó cautivada por una manera de recordar a los seres queridos desde la alegría.

En una casa rodeada por el paisaje del monte santiagueño, a pocos kilómetros de la ciudad Capital, hay una tradición que llegó desde México y encontró su propio lugar. Cada año, cuando se acerca el Día de los Muertos, Patricia prepara un altar con fotografías, velas, comidas, bebidas y adornos coloridos. No es una decoración más: es una forma de recibir simbólicamente a quienes ya no están y mantenerlos presentes en la vida familiar.
La historia de esta costumbre comenzó lejos de Santiago del Estero. Patricia, médica y miembro de una familia bien santiagueña, recuerda que su madre le hablaba desde pequeña de las visitas al cementerio durante estas fechas. Se trata de la alumbrada, una práctica profundamente arraigada en la cultura popular santiagueña, en la que las familias concurren a los cementerios para acompañar y recordar a sus difuntos, muchas veces durante la noche, con velas y oraciones.
Sin embargo, aquella costumbre le despertaba cierto temor. Su encuentro con otra manera de vivir la relación con los muertos llegó años después, durante su luna de miel.
Junto a su pareja viajó a Ciudad de México en la semana previa al Día de los Muertos. Allí se alojaron en la casa de unos amigos argentinos exiliados durante la última dictadura, quienes habían incorporado las tradiciones mexicanas a su propia vida. Fueron ellos quienes les explicaron el significado de los rituales y los acercaron a una celebración que los cautivó.
"Ahí se vive con alegría y se los espera cada año a los seres queridos. Quedamos enamorados de la tradición y desde ahí que lo hacemos cada año", contó Patricia en diálogo con Info del Estero.

Un lugar en la casa para quienes ya no están
El altar es el centro de la celebración y cada uno de sus elementos tiene un sentido. Las fotografías ocupan el lugar principal, con una particularidad: deben aparecer únicamente personas fallecidas, sin compartir la imagen con alguien que todavía esté vivo.
Las velas representan la luz que guía a los seres queridos en su regreso. La comida y la bebida, en tanto, se preparan para recibirlos después de un largo viaje entre un mundo y otro. Los adornos aportan los colores que caracterizan esta celebración y completan un espacio pensado especialmente para ellos.
En la casa de Patri, el altar también se convierte en una oportunidad para transmitir historias. Mientras permanece armado, aprovecha para hablarle a su hijo, de cinco años, sobre las personas que aparecen en las fotografías, contarle anécdotas y acercarlo a una parte de su historia familiar.
No se trata solamente de que conozca sus nombres, sino de que sepa quiénes fueron y qué lugar ocuparon en la vida de quienes hoy los recuerdan.
"Me gusta que él sepa que existieron y las recuerdo con alegría", explicó.
Entre la alumbrada santiagueña y la celebración mexicana
Aunque Patricia creció escuchando sobre las costumbres santiagueñas para recordar a los difuntos, reconoce que el altar mexicano le permitió construir una relación diferente con esas ausencias. En su familia de origen, sus padres mantienen la tradición de visitar el cementerio y velar allí a sus seres queridos, en un clima más solemne. Ella, en cambio, encontró en el hogar un espacio para evocarlos desde otra perspectiva.
"Para mí este ritual me cambió la perspectiva que tenía hacia la muerte. Me trae más alegría recordarlos así y saber que, aunque uno al principio los extraña, recordamos que fuimos felices con ellos", reflexionó en diálogo con Info del Estero.
Y agregó: "Son personas que siempre estarán en mi vida y que van a vivir en mis recuerdos. Darles un lugar en el hogar me trae paz".

La costumbre, sin embargo, no se extendió demasiado más allá de las paredes de su casa. Patricia cuenta que no conoce a otras familias santiagueñas que preparen altares de esta manera. Por eso, el intercambio durante estas fechas se mantiene principalmente con sus amigos mexicanos, con quienes conserva el contacto.
Este año no hay una dedicatoria especial ni una nueva pérdida familiar que haya motivado la incorporación de una fotografía. De todos modos, cada imagen tiene su propia historia: allí están los bisabuelos, algunos abuelos que fueron muy presentes, una tía y amigos que quedaron en el camino.
Para Patricia, sumar una fotografía también significa reconocer una ausencia. Es un momento que la conmueve, porque detrás de cada rostro hay una historia compartida.
Pero quizás el sentido más profundo de esta tradición esté en lo que sucede con las nuevas generaciones. En una familia donde las costumbres tienen un peso importante, Patricia eligió sumar una más: una que llegó desde México, echó raíces en el monte santiagueño y hoy le permite a su hijo conocer a quienes estuvieron antes que él.
A miles de kilómetros de donde nació esta celebración, el altar vuelve a encender sus velas cada noviembre. Y mientras las fotografías ocupan su lugar, los recuerdos encuentran también un espacio en la vida cotidiana. Porque, para Patricia, recordar a los muertos no tiene por qué ser solamente extrañarlos: también puede ser una manera de celebrar que alguna vez estuvieron aquí.




