Ana tenía propiedades, buenos ingresos y parejas que se encargaron de quitarle todo hasta dejarla en la calle. Julia pasó algo similar. Pese a su apellido de renombre en Santiago, un día quedó completamente despojada de sus inmuebles, sin más bienes que un sofá en la plaza. Carlos mira con temor, agacha la cabeza y le cuesta pedir ayuda; cree que le van a pegar. A Cecilia no la cuidaban. Su familia cobraba su pensión, mientras ella mendigaba o buscaba comida en la basura, con una discapacidad a cuestas. A José, deteriorado por su problema de alcoholismo, una broma puede desanimarlo infinitamente. Y Sara… Sara tiene lesiones para el resto de su vida por los golpes y los abusos que recibió mientras vivía con su hermano, quien la prostituía.
Todos estos nombres son seudónimos. Las historias, no. Por muchos años permanecieron encerradas en la mente de estas personas que hoy conviven en la Residencia de larga estadía para Adultos Mayores, que lleva el nombre de la Santa santiagueña “Mama Antula”. Pese a ser una institución del Estado, sus 41 residentes lo consideran su “hogar”, el lugar donde por primera vez en mucho tiempo –o en su vida- reciben un trato digno.

No es una tarea fácil, según explican los cuidadores Verónica Fiordeliso, Matías López, Yanina Salto y la administrativa, Andrea Bulacio. Por eso su trabajo vale el doble y por eso son las persones indicadas para recordar este 15 de junio, Día Mundial de la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, que “todos vamos a llegar a viejos”, que es importante no aislar a nuestros mayores y que su cuidado y la defensa de sus derechos es cosa de todos.
Comportamientos que cuentan maltrato
Los trabajadores de la residencia identifican perfectamente con nombre y apellido a cada uno de los residentes. Saben cómo llegaron allí, sus condiciones de vida y sus historias, porque aunque algunos hablan poco, sus actitudes dicen mucho.

Hay quienes hicieron del silencio su escudo contra el temor o la indiferencia y eso se nota, dice Matías. “Ellos no son de contar, pero sí de expresar en las formas de actuar, en las formas de estar. Hay gente que se expresa callándose, no expresa dolor verbalmente pero espiritualmente no están bien. No quieren comer, reniegan porque no les dan un vasito de gaseosa mientras a la par está otra persona tomando…”, relataba como ejemplos cotidianos.
La lectura que hace es que ese residente “ha sufrido”. “Por ahí no piden lo que quieren por miedo a que uno les diga algo, o agachan la cabeza y se quedan callados, y seguramente habrán sufrido maltrato verbal o gritos, entonces actúan con recelo”, cuenta Verónica y añade que esa barrera es, muchas veces, la que les impide ayudarlos.

Cada caso tiene sus particularidades y el trato, revelan, no puede ser el mismo para todos. Están los residentes que no escuchan bien, por lo que necesitan que les hablen con un tono de voz más alto. Pero a la vez, esto puede “asustar” a algún compañero cuyas funciones auditivas sean óptimas, pero haya sido víctima de gritos. El equilibrio entonces, radica conocerlos hasta saber cómo quieren ser tratados de manera individual.
Violencia que empobrece
Dos casos particulares ponen evidencia la desprotección que sufren los adultos mayores en cuanto a su poder económico. Los cuidadores ponen sobre la mesa la dura realidad de quienes encuentran parejas que simulan quererlos para quedarse con sus bienes.

“Ana” “ha tenido parejas que directamente le han robado. Ella tenía propiedades, un buen sueldo; pero la han sacado de su casa, ha quedado en la calle y la tenía una vecina que la ayudaba”. “Julia” también tenía propiedades inmuebles, incluso en pleno centro de la ciudad y hasta un vehículo. Una pareja logró quitarle todo, mientras fingía quererla, al punto en que quedó viviendo en una plaza con su sofá.
Lamentablemente, la familia de sangre también ejerce violencia de tipo económica, incluso cuando la persona mayor padece de una discapacidad. En la residencia señalan que no es extraño encontrarse con adultos en total abandono, pese a que perciben un haber administrado por sus allegados.
Ese es el caso de “Cecilia”, quien llegó al hogar después de haber pasado tiempo deambulando en la calle en busca de comida, mientras su familia usaba el dinero que debía destinar a protegerla. “Por suerte logramos traerla aquí”, comentan desde el equipo de trabajo.

Compañías que hacen bien
Andrea explica que los adultos mayores que ingresan a la residencia Mama Antula son personas que quedaron en una situación de vulnerabilidad muy grave. La mayoría no tiene familiares y los que los tienen, los rechazan. “Creo que de la familia no esperan nada. Sí de nosotros”, comentaban y añadían que son muy pocos los que reciben visitas.
Lo que sí cambia por completo el panorama del hogar es la recepción de contingentes, ya sea de niños, jóvenes, adultos que impulsen actividades recreativas o que deseen compartir una jornada especial.

Violencia familiar, en “niveles muy altos”
La titular de la Dirección General de Adultos Mayores, Lucía Witte ve con preocupación que la violencia hacia los adultos mayores se ve exacerbada, especialmente en las familias con las que conviven. “Está en niveles muy altos y creo que tiene que ver también con la situación económica”, ponderó.
El maltrato puede presentarse en un abanico de variantes: verbal, psicológico, económico y físico en el peor de los casos. Todavía más difícil de percibir es la negligencia o el abandono puertas adentro de cada hogar. Por eso es que son tantos frentes a combatir.
Witte plantea que un problema grave en el seno de la familia, es la tendencia a “infantilizar al adulto mayor”. Plantea que es erróneo “considerar que uno, por ser hijo, puede decidir sobre cómo va a vivir esa persona mayor”.

“Es impresionante los casos de adultos mayores que en su propia casa son marginados, se les retiene la tarjeta de débito, les dicen que ellos no saben cobrar, que les van a cobrar ellos, y les manejan el dinero…”, enumeraba como situaciones que se repiten.
“Tomar conciencia, más allá de lo social, tiene que estar muy vinculado a tomar conciencia de manera personal. Internalizar, decidir tratar bien a un adulto mayor y empezar a hacerlo”, exhorta la también directora de la residencia.

Y aconseja no anular las capacidades quizás algo debilitadas de los adultos mayores. “Con pequeñas cosas, con pequeñas actitudes -remarca- como, en vez de cobrarle, acompañarlo a cobrar. En vez de decidir por él, permitirle esa decisión y generarle posibilidades de que la lleve a cabo. Es muy importante que el adulto mayor sociabilice, que no quede callado, en silencio y se lo acompañe a sociabilizar, a charlar, a una plaza, a compartir en algún lugar, en un centro de jubilados, con ex compañeros, con amigos”, recomienda.
El maltrato en la vejez puede pasar inadvertido. De ahí la necesidad de repensar nuestro trato hacia ellos que, en definitiva, no es más que imaginar cómo nos gustaría a nosotros ser tratados al pasar los 60 o 70 años.
