POR LUCIANA SPOSETTI.
Cada 4 de agosto, la Iglesia Católica celebra el Día del Párroco, una fecha que pone en primer plano a los sacerdotes que tienen a su cargo una parroquia y acompañan la vida cotidiana de una comunidad. Más allá de las celebraciones litúrgicas, su tarea abarca la administración de los sacramentos, la formación de niños, jóvenes y adultos, la acción solidaria y el acompañamiento espiritual de los fieles.
En diálogo con Info del Estero, el sacerdote Luis Héctor Escañuela Revilla, integrante de la Arquidiócesis de Santiago del Estero y actual párroco de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús, ubicada sobre avenida Colón entre Güemes y Alvarado, explicó que, además de ser el responsable de la comunidad parroquial, también integra la comisión de Liturgia de la Arquidiócesis y se desempeña como asesor de la Pastoral Misionera junto al director diocesano, el padre Gastón Cuello.
“El párroco es un sacerdote que el obispo pone al frente de una parroquia. Es el pastor de esa comunidad y tiene la misión de custodiar ese sector de la diócesis, administrar los sacramentos, acompañar la formación de los fieles, impulsar la actividad caritativa y animar a las distintas comunidades que forman parte de la jurisdicción parroquial”, resumió.

Qué diferencia hay entre párroco, sacerdote, cura, padre y diácono
Escañuela explicó que muchas de las palabras que habitualmente utilizan los fieles hacen referencia, en la práctica, a la misma persona. Según indicó, “cura”, “sacerdote”, “padre” y “párroco” suelen emplearse casi como sinónimos para identificar al sacerdote designado por el obispo para estar al frente de una comunidad.
El término “cura”, señaló, está relacionado con la misión de procurar la sanación espiritual de las personas, mientras que la expresión “padre” hace referencia a la responsabilidad pastoral de acompañar y cuidar a quienes viven dentro de la jurisdicción parroquial, sean o no católicos.
El párroco, en tanto, no es una función con la que se inicia el ministerio sacerdotal. Para asumir esa responsabilidad, explicó, es necesario contar con algunos años de experiencia, reunir las condiciones previstas por el derecho canónico y ser designado por el obispo.
La principal diferencia aparece con la figura del diácono. El sacerdote explicó que el diaconado constituye el primer grado del orden sagrado y está orientado especialmente al servicio y la caridad. Existen diáconos transitorios, que luego continúan su camino hacia el sacerdocio, y diáconos permanentes, que permanecen en ese ministerio y pueden ser solteros o casados, siempre que cumplan los requisitos establecidos por la Iglesia.

Cómo es la formación para convertirse en sacerdote
El camino hacia el sacerdocio comienza, por lo general, una vez finalizados los estudios secundarios y con la autorización del obispo. Sin embargo, Escañuela contó que su historia tuvo otro recorrido. Desde niño estuvo muy vinculado a la parroquia Sagrado Corazón de Jesús del barrio San Martín, en La Banda. Allí hizo la catequesis, fue monaguillo, participó del coro, integró equipos de liturgia y luego se desempeñó como catequista de Primera Comunión y Confirmación.
Ese contacto cotidiano con la vida parroquial despertó en él la inquietud por el sacerdocio, aunque debió esperar varios años para concretarla. “Mis padres querían que estudiara primero una carrera antes de tomar una decisión así”, recordó. Por ese motivo estudió Profesorado de Filosofía y ejerció la docencia antes de ingresar al seminario. Recién a los 30 años tomó la decisión definitiva de comenzar su formación sacerdotal.
Explicó que, en la Arquidiócesis de Santiago del Estero, el proceso incluye un año introductorio, cuatro años de formación filosófica —conocida como etapa del discipulado— y otros cuatro años de formación teológica, denominada etapa de la configuración. A ese recorrido se suman los tiempos pastorales y la experiencia que determina el obispo, por lo que la preparación suele extenderse durante diez años o más.
En su caso, por ser profesor de Filosofía, ingresó directamente a la etapa de configuración, aunque igualmente atravesó las distintas etapas previas a la ordenación, como los ministerios de lector y acólito. Además de la formación académica, remarcó que el seminario trabaja otras dimensiones consideradas fundamentales: la humana, la espiritual, la comunitaria y la pastoral.

Mucho más que celebrar misa
El sacerdote explicó que la rutina puede variar entre quienes ejercen en ciudades y quienes lo hacen en el interior, aunque existen actividades comunes a todos. La jornada comienza con la Liturgia de las Horas, una serie de oraciones distribuidas a lo largo del día que incluyen salmos, lecturas bíblicas y textos espirituales.
Luego llegan las tareas administrativas, la atención a personas que buscan certificados o acompañamiento espiritual, las visitas a enfermos para administrar la unción y, en muchos casos, el trabajo como docentes o capellanes en instituciones educativas.
Por la tarde suelen realizar confesiones y celebrar la misa, para luego continuar con reuniones pastorales, encuentros con jóvenes o grupos parroquiales. Los fines de semana, especialmente en el interior, las actividades se intensifican con recorridos por distintas comunidades, celebraciones patronales y varias misas en una misma jornada.

Qué suele desconocer la gente sobre la vida de un sacerdote
Para Escañuela, una de las ideas equivocadas más frecuentes es pensar que los sacerdotes cuentan con un sueldo fijo o viven con grandes comodidades. Aclaró que, salvo quienes desempeñan tareas docentes o capellanías remuneradas, los sacerdotes no perciben un salario por parte de la parroquia y sostienen su vida cotidiana gracias a las donaciones de los fieles y a los estipendios que reciben por la celebración de misas solicitadas por la comunidad.
También destacó la solidaridad de muchas personas, que colaboran con alimentos, ropa, medicamentos u otros elementos necesarios para la vida diaria del sacerdote.
Un bautismo que nunca olvidó
Entre las experiencias que más lo marcaron durante su ministerio, Escañuela recordó una historia que conserva con especial cariño. Contó que, siendo diácono, un amigo le pidió que bautizara a su primera hija, convirtiéndose en el primer bautismo que celebró en ese ministerio.
Tiempo después, cuando faltaba apenas un mes para su ordenación sacerdotal, el mismo amigo volvió a buscarlo para pedirle que bautizara a su segunda hija. Le propuso entonces esperar unas semanas para que ese fuera el primer bautismo de su vida como sacerdote. La familia aceptó la idea y así ocurrió.
Desde entonces, cada vez que se encuentran, ambos recuerdan que las dos hermanas fueron bautizadas por él: una en su primer bautismo como diácono y la otra en el primero que celebró como sacerdote, una coincidencia que, según confesó, sigue siendo una de las experiencias más reconfortantes de su vida pastoral.
