Cuidar el vínculo: ¿evitar o conversar?

**Por Cecilia Inés Russo
La reunión termina. Mientras guarda sus cosas, el líder vuelve a pensar en algo que viene observando desde hace algunas semanas. No es la primera vez que sucede. Tampoco parece tan grave como para hacer de ello un problema. Pero está ahí.
Piensa: “Tengo que hablar con él”.
Hoy no. La reunión fue intensa y todos están cansados. Quizás mañana, cuando puedan conversar con más tranquilidad.
Pasan algunos días. La situación vuelve a repetirse.
Esta vez alguien hace un comentario. Otro integrante del equipo responde con un gesto. Más tarde aparecen algunas conversaciones de pasillo.

El líder vuelve a pensar: “Tenemos que hablar”. Y vuelve a esperar.
No necesariamente porque le falte valentía. Muchas veces detrás de esa espera hay algo profundamente valioso: quiere cuidar.
No quiere lastimar. No quiere que la otra persona se sienta cuestionada. No sabe cómo reaccionará. Quizás teme que una conversación termine deteriorando un vínculo que llevó mucho tiempo construir.
Entonces espera el momento adecuado.
El problema es que, mientras espera, la situación no queda detenida.
El equipo sigue conversando. Las personas interpretan. Las molestias crecen. Aquello que inicialmente podía haber sido una conversación entre dos empieza a tener efectos en muchos.
Porque la conversación que no ocurre también produce consecuencias.

Cuando el cuidado se vuelve silencio
Hay líderes con una enorme capacidad para cuidar los vínculos.
Escuchan. Comprenden. Intentan ponerse en el lugar del otro. Saben que detrás de una conducta puede haber circunstancias que desconocen y procuran no juzgar rápidamente. Esa sensibilidad es una fortaleza.
El desafío aparece cuando empezamos a asociar cuidado con evitar aquello que puede incomodar.
Entonces damos otra oportunidad. Esperamos un poco más. Buscamos mejores palabras. Confiamos en que la situación se acomode.
Hasta que descubrimos que aquello que intentábamos cuidar también empieza a deteriorarse.

Porque no conversar también es una intervención.
Cuando algo importante necesita ser dicho y elegimos no decirlo, también estamos produciendo una respuesta. El silencio comunica. La postergación genera efectos. Y el equipo aprende qué cosas pueden conversarse y cuáles permanecen fuera de la conversación.
Tal vez por eso cuidar una relación no siempre significa evitar la incomodidad.
A veces significa animarnos a atravesarla juntos.
Decir sin dejar de cuidar
El desafío no está en elegir entre ser claro o ser cuidadoso. Está en aprender a sostener ambas cosas.
Podemos decir lo que observamos sin convertir nuestra interpretación en una verdad.
Podemos señalar un incumplimiento sin definir a la persona por aquello que hizo.
Podemos expresar el impacto que una conducta está teniendo en el equipo y, al mismo tiempo, abrirnos a escuchar algo que quizás todavía no conocemos.
Podemos poner un límite sin dejar de reconocer al otro.
Y podemos entrar en una conversación sin saber exactamente cómo terminará.
Quizás allí esté una de las capacidades más delicadas del liderazgo: aprender a sostener conversaciones que importan sin intentar eliminar la incomodidad que traen consigo.

Porque hay conversaciones que serán incómodas aunque encontremos las palabras perfectas. Lo que podemos aprender es a permanecer en ellas.
Escuchar cuando la respuesta no es la que esperábamos. Hacer una pregunta antes de defender nuestra posición. Revisar una interpretación. Volver a decir algo cuando no fue comprendido. Sostener con claridad aquello que necesita ser sostenido.
También esto se entrena
Podemos saber que necesitamos conversar y seguir postergándolo.
Podemos conocer herramientas de comunicación y descubrir que, cuando llega el momento, nuestro cuerpo se tensa, aceleramos la conversación, suavizamos tanto el mensaje que deja de entenderse o decimos de golpe aquello que llevábamos semanas guardando.
Porque entre saber qué conversación necesitamos tener y ser capaces de sostenerla hay un espacio de aprendizaje.
Preparar una conversación. Distinguir qué observamos de lo que interpretamos. Preguntarnos qué queremos cuidar. Reconocer qué tememos que suceda. Ensayar una manera de comenzar. Revisar después qué ocurrió.

Todo eso forma parte del entrenamiento de un líder.
Y muchas veces contar con otro con quien mirar la situación antes de entrar en ella nos permite descubrir aquello que, involucrados como estamos, no alcanzamos a ver.
No para encontrar las palabras perfectas. Ni para garantizar que la conversación salga como esperamos.
Sino para ampliar nuestra capacidad de estar presentes cuando la conversación suceda.
Quizás la próxima vez que pensemos “tengo que hablar con él” o “tenemos que conversar sobre esto”, antes de volver a postergarlo podamos hacernos una pregunta diferente:
¿Qué estoy intentando cuidar al no decirlo?
Y después otra:
¿Podría cuidar eso mismo animándome a conversar?
Porque algunas veces el cuidado será esperar.Pero otras, cuidar también significará decir.

Cecilia Inés Russo
Master Coach Ontológico Profesional
Directora Aquí&Ahora Coaching y Consultoría




